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| Mar 8, 2013 | Periodista del Barrio

Sobre los asientos azules…

Por:  Julio Eduardo Mejía PERIODISTA DEL BARRIO

Los asientos azules de Metrolínea han servido para cambiar la mentalidad de las personas. Ya es normal que sean cedidos a los discapacitados, a los ancianos, a las embarazadas y a las madres (y hasta padres) con bebés. Inclusive, se observa con frecuencia que personas sentadas en los asientos verdes, los entregan a estas personas cuando ya no hay asientos disponibles. Un aplauso para todos.

Sin embargo, han aparecido nuevos grupos de personas  que viajan en los asientos azules sin que pertenezcan al grupo de los habilitados para usarlas:Hay personas que padecen de una enfermedad que llamaré tortícolis, que se produce cuando se sube al bus, se ocupa un asiento azul y termina cuando la persona llega a su destino. Consiste en que el cuello se tuerce casi noventa grados hacia la derecha o hacia la izquierda, dependiendo del lado del bus que se esté ocupando y la mirada definitivamente no puede ser dirigida sino hacia la calle, impidiendo ver a la anciana que está agarrada al asiento exigiendo sus derechos. Lo interesante es que la enfermedad termina cuando la persona comienza a caminar para salir del bus.

Hay otro grupo de personas que llamaré, con probabilidad de embarazo del 0,00001%. Se conoce a la mujer que tiene esa enfermedad porque generalmente es muy joven, recién bañada, con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja. Esta persona siente que quedó embarazada la noche anterior porque tuvo una relación sexual con preservativos, T y píldoras anticonceptivas, pero, como hay una remota posibilidad de haber quedado embarazada, considera que tiene derecho a la silla azul. No le importa que viaje de pie a su lado una señora con siete meses de embarazo de gemelos. No importa, ella tiene sus derechos de probablemente recién embarazada.

El dormido. Se sienta en la silla azul con sus 30 años de edad y duerme todo el tiempo inclusive cuando se atraviesa un motociclista y el bus debe frenar en seco. Es el único que no se inmuta. Curiosamente se despierta siempre al llegar a su destino. No escuchará jamás a la anciana que le está pidiendo el puesto.

También se presenta la señora que tiene un hijo de diez años, que lo hace pasar por debajo de la registradora y que exige asiento azul, o mejor, dos asientos azules, uno para su bebé y otro para que ella lo pueda cuidar y no le vaya a pasar nada durante el viaje. Hay que cuidar al bebé, no importa que un señor con una pierna enyesada tenga que viajar de pie.

En cuando a mí, las sillas azules me sirvieron para recordarme que el espejo me miente y que no soy tan joven como creía. Al principio no comprendía cuando me ofrecían una silla azul. Me tocó mirar la cédula para recordar que a pesar de que camine, trote y hasta vaya al gimnasio, ya llegué a la tercera edad y que la gente no es mentirosa como mi espejo.