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| May 29, 2015 | Columnistas

La trampa del lenguaje incluyente

GENTE DE CAÑAVERAL

Santiago Gómez Mejía/GENTE DE CAÑAVERAL

Santiago Gómez Mejía – Decano de la Facultad de Comunicación Social y Artes Audiovisuales

Estamos como estamos por siempre buscar una emulsión que nos lave nuestra culpable conciencia frente a temas que nos hacen sentir moralmente responsables de actuaciones consideradas al menos sospechosas.

La moda del lenguaje incluyente se convirtió en la manera más fácil e hipócrita de borrar de nuestra mente el alto impacto social de la reprochable, como todas las demás, violencia de género.

Con la receta simplista de agregar símbolos no gramaticales, como la arroba, a textos que pretenden pasar por incluyentes y políticamente correctos, o con la errónea estrategia de agregar siempre los artículos “los y las” a las expresiones que denotan acción tanto masculina como femenina, nos vamos un poco más tranquilos a seguir siendo sexistas en el día a día. Como cuando decimos que somos ambientalmente responsables cuando ni siquiera reciclamos. El discurso y el lenguaje parecen aguantarlo todo. Las mujeres, afortunadamente no.

En el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia de la Lengua Española publicado en 2005 se establece que “en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos”. Eso quiere decir que saludar “buenos días a todas y todos” es gramaticalmente redundante e incorrecto.

No se deben violentar ni las normas gramaticales para terminar haciendo del lenguaje una colcha de retazos con la que cubrimos nuestras falencias como sociedad. No se deben violentar tampoco, por supuesto, las mujeres. Ni los hombres, ni los niños, ni los abuelos.

A la lengua tampoco se le debería agredir. Una cosa es acusar al lenguaje de discriminatorio, otra entender la regla gramatical de la economía expresiva. Y otra, muy distinta e ingenua, creer que con esta aberración gramatical estamos a salvo de los atropellos de los trogloditas que andan por ahí sueltos.