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| Jun 21, 2013 | Nuestra Gente, Portada

Padre de 6 hijas, abuelo de 4 nietos y veterano de la guerra de Corea

Suministrada / GENTE DE CAÑAVERAL

Suministrada / GENTE DE CAÑAVERAL

Por Laura Rojas González

Mario Enrique Piedrahíta Rodríguez nació en Bogotá en 1933 y fue engendrado en Floridablanca. Su papá fue comandante del batallón de la capital y fue tal vez esta la razón por la que este hombre resultó peleando a favor de los norteamericanos y en contra de los orientales después de la II Guerra mundial. Como no había podido estudiar decidió seguir los pasos de su progenitor y entregarse a la milicia, se regaló al Ejército y su destino fue luchar en la guerra de Corea.

Una familia como cualquier otra

Creció con sus 13 hermanos y al lado de sus padres en lo que todos considerarían un hogar normal, sin embargo, el destino le tenía preparada una sorpresa, que aunque para él fue muy grata en ese momento, le ayudó a entender que no quería pasar su vida entera con una ametralladora al hombro y viendo caer a su lado a sus compañeros de batalla: “Estar en Corea me hizo dar cuenta de que no quería ser militar toda mi vida, la guerra real es aún peor que en las películas”. Cuando sus pies pisaron Japón, el lugar donde encalló su embarcación en 1952 cuando iba camino a enfrentar a los ‘ojirasgados’ tenía tan solo 18 años.

El año que parió esta historia

Desde el 19 de noviembre del 52 y hasta el 7 de octubre de 1953 Mario Piedrahíta fue testigo de lo que pocas personas, por fortuna, pueden contar en la vida. Al preguntarle sobre la primera impresión que tuvo cuando llegó a su fatídico destino eleva la mirada al cielo y dice: “todo estaba muy oscuro pero parecía que fuera Navidad. Era impresionante la cantidad de luces que estallaban en el cielo, a lo lejos, una detrás de otra, eran las explosiones de la guerra, y aunque sucedían muy lejos de donde estaban nuestras bases, se escuchaban como a la vuelta de la esquina”.

7 meses en guerra y 7 días descansando

Los primeros siete meses de su estadía en la crudeza de la guerra de Corea del sur Mario los pasó en primera línea o la línea de batalla, aunque en realidad fueron cuatro líneas diferentes. “Nos bañábamos cada semana porque ese era el tiempo que permanecíamos atrincherados, en esas trincheras que son zanjas grandes en la tierra, huecos profundos y alargados llenos de municiones, armas y soldados temerosos y espectantes.Después de una semana nos enviaban a la base para que nos aseáramos y nos cambiáramos de ropa, después de eso volvíamos al hueco”.

Cuando Mario y los demás soldados que lo acompañaban a lo largo de este arduo camino cumplieron siete meses entre una y otra línea supieron que por fin tendrían unas vacaciones “nos regalaron siete días para descansar de ese trajín”.

El peor recuerdo

Mario cuenta con un tono que mezcla la melancolía y la resignación que “nos dieron duro los ‘chinos’ cuando estábamos reforzando un puesto que se llamaba Bunker Hill. Yo no salí malherido pero murieron todos mis compañeros, eran 28. Yo tenía mi ametralladora y los ‘chinos’ pasaban y pasaban y siguieron derecho, no me vieron porque estaba un poco más atrás”.

Aunque para cualquier persona esta hubiera sido una experiencia absolutamente aterradora, y hastra traumatizante, lo cierto es que este hombre que tiene la fuerza de la convicción y la sabiduría de los años, por fortuna, no tiene secuelas lamentables de estas vivencias más que los malos recuerdos. “Uno estaba programado para saber que eso podía pasar y que debía permanecer en el lugar asignado pasara lo que pasara. Después de que pasó todo eso tuvimos que volver a la línea a sacar cadáveres”.

La calma después de la tormenta

“En el año 1953 murió Stalin y entonces llegó la amnistía, fue ahí cuando suspendieron la guerra y ese fue el año que regresé a Colombia”.

“Después de eso no seguí en el Ejército. Conseguí un trabajo en la Pagaduría de la Cámara de Representantes gracias a una conexión familiar. Manejaba la nómina. Trabajé 45 años con el gobierno”.

“Unos años después conocí a quien fue mi esposa, me casé con ella a los 23 años, era de familia santandereana. En 1980 nos vinimos a vivir a Bucaramanga, tuvimos seis hijas y cuatro nietos”.

Sobre la guerra Mario dice que “siempre es peor de lo que uno piensa o lo que muestran en televisión. Hoy creo que Corea del Sur es un milagro y por eso son los problemas con Corea del Norte”.

El racismo en la guerra

“Cuando estaba en la guerra todavía había mucho racismo en el ejército de los Estados Unidos. En las bases militares había un club que se llamaba Cebra, eso quería decir que en una parte estaban los blancos y en otra estaban los negros. Los negros eran muy amables con nosotros pero los blancos no, claro, nosotros éramos latinos, también éramos diferentes”.

Camino a Corea

Mario cuenta que “un barco pequeño nos recogió en Cartagena, pasamos por el canal de Panamá y nos llevó hasta San Francisco, California. Éramos alrededor de 200 soldados en mi batallón, el Colombia. En California nos recogió otra embarcación mucho más grande y nos llevó hasta Yokohama, Japón. Viajamos oficiales, suboficiales y las familias de los de más alto rango. El viaje hasta allá duró 20 días.

Esta carta expedida por la Secretaría General de la República en 1991 certifica sus condecoraciones ‘Distintivo de combate’ y ‘Servicios en guerra internacional categoría Estrella de Bronce’. - suministrada / GENTE DE CAÑAVERAL

Esta carta expedida por la Secretaría General de la República en 1991 certifica sus condecoraciones ‘Distintivo de combate’ y ‘Servicios en guerra internacional categoría Estrella de Bronce’. Foto suministrada / GENTE DE CAÑAVERAL

Mario en el día de su matrimonio junto a su esposa Gloria Isabel Valderrama Andrade, ella falleció hace 20 años y él la sigue pensando con ojos de nostalgia “me dejó 6 hijos y los mejores recuerdos”. - Suministrada / gente de cañaveral

Mario en el día de su matrimonio junto a su esposa Gloria Isabel Valderrama Andrade, ella falleció hace 20 años y él la sigue pensando con ojos de nostalgia “me dejó 6 hijos y los mejores recuerdos”. Foto suministrada / GENTE DE CAÑAVERAL