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| Dic 23, 2010 | Nuestra Gente

Gustavo Adolfo Parra, un médico de corazón

Gustavo Adolfo Parra

Gustavo Adolfo Parra

En sus palabras, en su mirada, en los payasos regalados por sus pacientes y en general en su diario vivir, Gustavo Adolfo Parra transpira un innegable amor por la medicina, la academia y la investigación.

Como él mismo lo sugiere, en sus genes y en el destino estaba la necesidad de hacerse médico.  Su padre, un médico veterinario, en el libro que llenaba con los datos de sus hijos escribió en el menor de ellos, Gustavo, “profesión: médico”.

“Entonces yo crecí convencido que iba a ser médico” recuerda Gustavo. Pero no solo fue cuestión de lo que creía siendo niño. Con el paso del tiempo, se fue inclinando más hacia temas como la biología y la parte del cuerpo humano, así que no le fue difícil entrar a la Universidad Industrial de Santander para convertirse en médico, luego de graduarse de La Salle con honores.

Un hombre muy “pilo”

Sus buenas notas no solo fueron cuestión de colegio. Su gusto por la investigación y la medicina en general lo convirtieron en un gran estudiante y le dieron la posibilidad de incursionar en la academia cuando apenas cursaba cuarto semestre.

Estos son algunos de los payasos que reposan en su consultorio.

Los Payasos del Dr. Parra

“Tuve una beca trabajo gran parte de mi carrera donde era una especie de docente, asistente de profesor, y esto me permitió entrar en el mundo de la academia que realmente me apasiona” señala Gustavo.

Sus años de estudio dieron sus frutos cuando en 1982 no solo recibió su grado sino su distinción Cum Laude la cual reposa en una de las paredes de su consultorio junto a muchos otros diplomas y distinciones.

Luego de trabajar un tiempo con la Unidad de Cuidados Intensivos del entonces Hospital Ramón González Valencia decidió que su especialidad sería la Medicina Interna.

“Esta es la especialidad que puede entender al ser humano en su totalidad, en todo su contexto. Cada vez hay más subespecialidades, que son necesarias, pero que a veces solo hace que se sepa mucho de una sola cosa y se olvida que al hombre hay que verlo en todo su contexto” resalta este médico internista que realizó su especialidad en la Pontificia Universidad Javeriana.

Un humanista por convicción

Sus 28 años de experiencia como médico le han permitido cambiar la concepción de muchos aspectos, entre ellos el de la muerte.

Cuando trabajó en cuidados intensivos salvó muchas vidas. Sin embargo, tres pacientes le hicieron el reclamo porque según ellos se encontraban en un sitio mejor.

“Por eso estoy convencido que la muerte no existe. Esta parte material, biológica termina, pero más allá tenemos otra vida en la que podremos estar mejor. Y lo que uno como médico debe hacer es que las cosas que se puedan hacer aquí sean para mejorar la vida del paciente” señala este médico.

Por eso Gustavo Adolfo está empeñado en poder llevar a todos sus colegas ese toque humanista que se debe tener. En el que más allá de mirar una enfermedad se entienda a la persona en su contexto y se le pueda dar una buena calidad de vida: “a veces más que un antidepresivo lo que necesita una persona es un buen abrazo” resalta.

Por eso no es extraño que muchas de sus condecoraciones resalten su trabajo como médico internista o que en los últimos días recibiera un reconocimiento por parte de sus pares por sus dos años como presidente del capítulo Santander de la Asociación Colombia de Medicina Interna desde donde se esforzó por traer conferencias que desarrollara el lado humanista del médico, pero donde también consiguió que el año que viene Bucaramanga sea sede de un curso de posgrado donde participarán los mejores médicos a nivel internacional.

Y por si esto fuera poco, ya recibió su credencial que lo hace miembro y fellowship de la American College of Physicians (ACP), la más grande y prestigiosa asociación de médicos internos y que en Bucaramanga solo tiene a otros dos médicos como miembros: Oscar Leonel Rueda y Amel Bracho, este último quien ha sido el impulso de los demás.

No obstante, sus mayores reconocimientos, los que más cuida y muestra con orgullo, son los que le dan sus propios pacientes.

En su oficina reposan más de 100 payasos, pues nunca los ha contado, cada uno con una historia que se sabe de memoria y que le recuerdan todas las vidas que ha pasado por sus manos.

“Fue una colección que comenzó sin proponérmelo. Dos pacientes, que son pediatras, me regalaron dos payasos y después otros pacientes me fueron trayendo más y más” afirma Gustavo.

De allí que tenga en sus repisas porcelanas originales Nadal o Lladró, cuadros de sus pacientes artistas como los maestros Espinosa e Iván Arango, o el que le hizo la hija de una paciente suya desde San Gil y que puede adoptar cualquier forma.

Historias tiene muchas como la del paciente que hizo un viaje internacional con su payaso en la mano todo el camino. Sin embargo, una de las más conmovedoras es un payaso con cuerpo de cristal y que representa a una paciente que ya murió.

“Ella no venía a consulta, sino era su esposo, pero cuando la vi supe que tenía algo mal. Luego de hablarle le hice tomar unos exámenes y tenía cáncer de cerebro muy avanzado. Con ella hicimos una teoterapia, basados en Dios, y cuando murió me dejó con su hija este payaso porque según ella mi paciente me quiere acompañar en este camino” finaliza Gustavo.

Comentarios

  1. Patricia dice:

    Los comentarios que hacen en la nota de Gustavo son muy valederos y lo digo con conocimiento de causa ya que el fue el medico de mis abuelitos y mami. Medicos como el y Gabriel Vargas Graun, quedan muy pocos en Bucarmanga.

    Algo que el dice y que todos como pasciente necesitamos “a veces más que un antidepresivo lo que necesita una persona es un buen abrazo”.

    Felicitaciones Gustavo y Dios lo siga colmando de conocimientos y amor por su semejantes.

  2. Álvaro Gomez Lizarazo dice:

    Lo felicito estimado colega, nuestra profesión requiere vocación y humanismo. Le escribe un medico UIS desde Costa Rica